El andariego: Relato sobre arquetipos, migración y asentimiento...



“El extranjero no solo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia” Tzvetan Todorov

Hay un dolor muy grande, un desgarro insoslayable, en aquel que por un acto de supervivencia deja su tierra. Aquel que huye del hambre de un hijo, del sometimiento religioso, de la persecución política, de la segregación racial o de la guerra. Este, de lejos, es un acto de sacrificio y coraje. En algunas circunstancias, aparece como un drama erigido sobre el último reducto de libertad que tenemos en nuestras manos, lo ejercemos cuando la vida apremia y nos asfixia sin más opción. Otras veces representa la consecuencia de la decisión de un otro que no nos deja más camino que el de la partida. Llenos de nada, con el vacío a cuestas, tomamos como “oportunidad” el destino incierto.

Está bien documentado, históricamente hablando, el destierro como una forma de sanción o de pena, también como el precio a pagar por parte de aquellos que son minorías. En muchos casos es éste el peor de los castigos: la negación -en el sentido sistémico- del derecho a pertenecer. El “Sendero de lágrimas” es el nombre que recibió el destierro al oeste de los Estados Unidos de los choctaw en 1831 y de los cheroquis en 1838 por imposición de los estadounidenses. Este vergonzoso acontecimiento fue denominado como “Nunna daul Isunyi”, o “el camino donde nosotros lloramos”.

Desde tiempos muy remotos hasta el día de hoy observamos este fenómeno. Así como el anterior ejemplo, aparecen incontables anécdotas en nuestra memoria histórica que dan cuenta del hecho. El destierro en las ciudades castellanas del siglo XV como una forma de resolver rivalidades, faltas a la moral o actos delincuenciales. En la Lima del siglo XVII aparecen registros de la aplicación de la pena de destierro por parte de la iglesia católica por “delitos” de adoración de idolatrías paganas. Más recientemente, siglo XIX, también podemos citar la pena impuesta a los vencidos en batalla en la guerra de clanes en lo que hoy es la Suráfrica del este, bajo el reinado de Shaka Zulu, por citar tan solo algunos ejemplos.

Hoy día, mientras escribo estas líneas, millones de individuos alrededor del mundo siguen -seguimos- forzados a abandonar su lugar por circunstancias políticas, económicas y religiosas principalmente. Obligados a arrojarse a un destino incierto, caótico, un camino donde las más de las veces esperan el rechazo, la xenofobia, la explotación y la violencia.

En mis más de 10 años en condición de extranjero -exiliado- han sido muchas las frases que en desprevenidas conversaciones sobre el tema he escuchado por parte de otros. He experimentado en carne propia la sensación de intruso. También, he vivido la versión new age del asunto: “El mundo es de todos”, “las fronteras son imaginarias”, “todos somos hijos de la misma tierra”. Comentarios que muchas veces surgen a modo de eufemismo y que buscan restarle peso a la ansiedad que aparece en el ambiente alrededor de un tema que a todos incomoda. Otras veces, debo decir, aparecen como genuinas expresiones de afecto, como palabras que buscan contener el desgarramiento que subyace.

Pocas veces es visible para otros, no obstante, lo que hay en el trasfondo psicológico y espiritual de esta experiencia de vida. Puedo dar cuenta desde mi vivencia personal que no fue sino pasados muchos años desde mi exilio cuando el fantasma de la no pertenencia me visitó con fuerza. Era poco consciente, hasta entonces, que aquella vivencia no se había tratado únicamente de la sustitución de un paisaje exterior, aquel que, con sus tonalidades, colores y sabores, da un sentido de enraizamiento a nuestros pies en la tierra que nos vio nacer. Aquello que, en una sumatoria de expresiones, modismos, modos de hablar y de callar, nos indica estar en el lugar correcto.

Esta vivencia, al paso de los años, trajo consigo también una súbita sensación de extrañeza. Emergiendo desde la sombra apareció inevitablemente aquello que se suponía debía estar resuelto años atrás a fuerza de voluntad y convicción. Estremeciéndome repentinamente y sin ninguna advertencia me vi de pronto desprovisto, desnudo, ajeno. ¿Pero cómo podría pasar esto luego de tanto tiempo?, habían pasado ya 10 años desde la partida, fue esa la inquietante pregunta que apareció para mi…

A partir de un período de reclusión e introspección, y no sin algunas ayudas de maestros que puso el camino para mi, fui poco a poco entendiendo que esta ruptura no había sido sólo exterior. Descubrí que el más terrible rompimiento había ocurrido a mi interior. Quedando entonces esparcidos pedazos de mi, fragmentos de mi identidad condenados a vagar perdidamente en los recovecos de mi alma, dejando sin aliento y sin ánimo la conexión con el mundo de los hombres. Ya identificado un paisaje interior dañado, me encontré confundido y fuera de sitio, para mal de males no sólo sin sentirme de aquí, tampoco ya sintiéndome de allí. Pues para aquellos que te vieron partir, de alguna forma, ya tampoco perteneces. A los que nos vamos, muchas veces, nos pesa el juicio de haber abandonado, renunciado, traicionado.

Comprendí que partir implica comprometer una parte sustancial de nuestra identidad. Siento que esta vivencia es común para todo el que se va, voluntaria e involuntariamente. Mas una oscura y larga sombra se cierne especialmente sobre aquellos que experimentamos el peso de la imposibilidad fáctica de volver. Este mundo emocional desarraigado, desesperanzado y resquebrajado requerirá en algún punto ser reparado. Tarde o temprano reclamará ser visto, podremos evadirlo y sublimarlo en grandes gestas heroicas y logros materiales que como dignos migrantes llevemos a cabo, mas ese espacio aún pedirá ser visto, ser traído de vuelta y debidamente integrado. Así como Quirón, la herida requerirá ser mirada y reconocida. Pues no habrá forma de sanarla completamente, sólo asentir con sabiduría y humildad ante ella.

En uno de los pasajes de este tiempo, recurrí a mi sabio e incondicional amigo: el I Ching. En una de mis consultas oraculares apareció el arquetipo de “el andariego”. Su mensaje era claro, una invitación a mantenerme en el sitio del extranjero, en un lugar bajo, siempre humilde, nunca altivo, siempre agradecido. Fue significativo, luego de ese primer encuentro con el arquetipo, decidí tomarme un tiempo para indagar sobre el, para relacionarme con el. Mi parte racional decía que no le gustaba, le apetecía un mensaje más “esperanzador”, otra parte de mi entendía que había un mensaje que provenía de otro lugar, una suerte de magia que señalaba para mi un destino diferente, uno que más que comprender podía abrazar y tomar con humildad. Algo cambió entonces…

Pasado un mes exactamente, habiendo transcurrido un proceso interior, decidí volver a consultarlo. Oh sorpresa, dentro de las múltiples combinaciones posibles de las 6 líneas que componen los hexagramas del libro de las mutaciones, volvió a aparecer la misma imagen: el andariego. Fue un mensaje contundente -hoy agradezco tan claro mensaje a cualesquiera fuesen los espíritus y daimones que me lo regalaran de forma nítida-, el camino se abrió para una comprensión distinta que nada tenía que ver con lo racional y que conectaba con los asuntos del alma.

La vida, junto a sus “extraños” designios, parece tener algo preparado para cada uno. Entendí que este era el camino que había tocado, que había llamado a mi puerta, que marcaría mi recorrido y que, a su vez, traería los aprendizajes necesarios para mi. El asentir a la vida -siguiendo a Bert Hellinger- cobró absoluto sentido entonces.

En un mundo lleno de voluntades y convicciones, necesitamos recobrar, invocar de vuelta, este sentido espiritual. El sufrimiento al que nos somete el exceso de un yo voluntarioso aparece como síntoma de una cultura que da la espalda a una dimensión que nos pertenece. Ya lo he dicho antes, no estamos solos, somos muchos en nosotros mismos. Rescatar estos aspectos de nosotros mismos, nuestros protectores internos, los espíritus ancestrales que nos acompañan y nos muestran un camino, conlleva en sí misma una actitud más humilde, más reverencial frente a la vida.

He visto con curiosidad en estos días que se organizan seminarios en torno al fenómeno de la migración y el destierro en países que hoy sufren, en el sentido inverso, la llegada de cientos de “los extraños” diariamente. No puedo negar que surge el cuestionamiento sobre qué tienen que decir al respecto quienes no han experimentado en carne propia el desarraigo. Pareciera una suerte de deuda pendiente, quizás algo culposa, frente a siglos de esclavitud y migraciones forzadas. Celebro, no obstante, que se eleve el debate, que exista una verdadera toma de consciencia -no una versión panfletaria y autoflagelante de ésta-, una sensibilización, tomando la cita de Todorov que precede a este escrito, porque hoy me tocó a mi pero mañana probablemente te toque a ti.

Este texto es un manifiesto en solidaridad con todos aquellos que nos hemos visto forzados bajo alguna circunstancia a dejar nuestra tierra. En especial para los millones de venezolanos que hoy vamos por el mundo buscando un espacio dócil, amigable y caluroso donde llevar nuestra mejor versión. Este texto es algo que debía a la vida y me debía a mí mismo desde hace algún tiempo.

Bogotá, 11 de diciembre de 2021