Apuntes sobre lo inconsciente y lo incierto

En ocasio

nes, cuando mi padre me contaba sobre filosofía de la ciencia -eso que tanto le deleitaba-, solía traer de vuelta a los "maestros de la incertidumbre". Con ello aludía al escrito de Sigmund Freud "Una dificultad para el psicoanálisis" recogido en sus obras completas.


En estos días de mucha incertidumbre he vuelto sobre este bonito recuerdo pues viene a mi junto a la imagen de este gran profesor e intelectual que tuve por progenitor y por quien guardo profunda admiración y agradecimiento al haber inspirado -y en cierto sentido haberme heredado- una parte importante de mi propio quehacer reflexivo en filosofía y humanidades. Entre muchas otras cosas, claro está...


Los tres golpes fulminantes al narcisismo humano y al predominio del modelo metafísico-racionalista, están representados por las ideas paradigmáticas de tres importantes científicos: Nicolás Copérnico, Charles Darwin y del propio Sigmund Freud.


A Copérnico, Freud, le atribuye el primer gran descalabro, lo que llamaría la ofensa cosmológica. A pesar de que la idea que colocaba a la Tierra como eje central del Universo ya había sido cuestionada anteriormente por muchos, entre ellos los pitagóricos, el desmontaje de la idea de que la Tierra era el centro del Universo y su aceptación general sobrevino con la exposición de Copérnico.


Esta ofensa cosmológica significó, a mi modo de ver, romper con la ilusión narcisista sobre nuestro lugar preferencial, no sólo en el Universo, sino de cara a nuestro propio lugar en relación a nuestra existencia y el concepto de vida.

La segunda ofensa, atribuida a Darwin, la llamaría el padre del psicoanálisis: la ofensa biológica. "En el curso de su evolución cultural, el hombre se consideró como soberano de todos los seres que poblaban la Tierra. Y no contento con tal soberanía, comenzó a abrir un abismo entre él y ellos. Les negó la razón, y se atribuyó un alma inmortal y un origen divino, que le permitió romper todo lazo de comunidad con el mundo animal. Es singular que esta exaltación permanezca aún ajena al niño pequeño, como al primitivo y al hombre primordial. Es el resultado de una presuntuosa evolución posterior. En el estadio del totemismo, el primitivo no encontraba depresivo hacer descender su estirpe de una estirpe animal. El mito, que integra los residuos de aquella antigua manera de pensar, hace adoptar a los dioses figura de animales, y al arte primitivo crea dioses con cabeza de animal ; acepta sin asombro que los animales de las fábulas piensen y hablen"


Darwin puso punto y final a esta exaltación del hombre y a una noción metafísica con connotaciones religiosas e ideológicas, a mi modo de ver también nos hizo voltear a mirar de nuevo a la naturaleza y a redimensionar el significado de nuestro vínculo con ella, inicialmente de manera recelosa, y cada vez más urgente. Nuestra divinidad proviene, a mi modo de ver, precisamente de esa relación fenoménica con la naturaleza, con nuestra naturaleza.

Finalmente, Freud se autoincluiría en la reputada lista, merecidamente a mi manera de ver. La tercera y última herida narcisista sería la ofensa psicológica. Una ofensa tanto más dolorosa por tratarse de una humillación interior. "El hombre, aunque exteriormente humillado, se siente soberano en su propia alma". La introducción del concepto de inconsciente como una instancia de la psique donde residen nuestros impulsos primarios, el mundo onírico, los tesoros emocionales de nuestro pasado e instinto animal, los deseos y aspectos de nuestra más oscura sombra, nos coloca frente a un espejo donde aparece un aspecto de cada uno que responde a fuerzas ajenas a la soberanía de nuestro Yo y/o voluntad consciente.


"Pues esta alma no es algo simple, sino más bien una jerarquía de instancias, una confusión de impulsos, que tienden, independientemente unos de otros, a su cumplimiento correlativamente a la multiplicidad de los instintos y de las relaciones con el mundo exterior".


Reconocer esta complejidad acerca de las fuerzas psíquicas que nos dominan, la fragilidad de nuestro presuntuoso Yo, representa un punto de quiebre en nuestra relación con nosotros mismos. También, a mi modo de ver, trae consigo una invitación para cultivar el camino de la sabiduría (Nocse te ipsum), empezando por mirarnos a nosotros mismos. "Una vida no indagada no merece ser vivida" apuntaba Sócrates.


Lo inconsciente, como la imagen que tomo de la maravillosa película de Kurosawa "Sueños" para ilustrar este texto, evocando lo cavernario y fantasmal de una parte de nuestra psique, es un aspecto ineludible para cualquier profesional de la ayuda. No mirar en ese sentido, es a mi modo de ver, un apego a una especie de neometafísica racional a la cual, todas estas fuerzas instintivas y primarias que surgen del universo de lo inconsciente, aparecen amenazantes. Amenazantes, quizás, tanto desde la perspectiva del conocimiento como a nivel de los demonios personales que suscita atisbar el propio Hades alguna vez en nuestra vida.


En tiempos donde nuestra civilización se ha visto superada, al menos temporalmente, y hemos podido reconocer nuestros límites y dimensionar nuestra constitutiva vulnerabilidad, no está demás volver a mirar los conceptos fundamentales. Es mi aspiración personal que los aprendizajes que hemos recorrido en este tiempo, precisamente, nos sirvan de guía para los tiempos por venir y para imaginarnos el mundo que legaremos a los que seguirán luego de nosotros.